Un día cualquiera llegué de la calle y encontré en mi cama un sobre. Con temor miré que era de mi mamá.

En esa época se la pasaban llamando a casa para citar a mi mamá de la escuela, porque su pequeño engendro no paraba de imponer el caos en las aulas.

Unas semanas atrás, el director, sus secretarias, la trabajadora social y mi mamá se habían reunido para quitarme mi carta de buena conducta, y me habían amenazado con que sería la última vez que tolerarían mi comportamiento (cosas que más adelante descubrí, sólo era el director y sus secuaces alardeando) y no niego que la maniobra funcionó, pero sólo por unos días, pues poco tiempo después, mientras estaba en los bebederos refrescándome un poco, un chico de un grado más alto al que apenas le hablaba, pasó y me escupió en la cara. Se fue junto a sus amigos riendo y cuando terminé de enjuagarme lo alcancé y también le escupí. Antes de que yo pudiera comenzar a reír, me encontré con un enorme puño justo sobre mi ojo derecho. Me cerró el ojo y afortunadamente por esos días ya había comenzado a entrenar box. Subí la guardia y con un ojo cerrado me planté firme a esperar el siguiente. Uno de mis amigos, Victor Hugo Muñoz Boyzo (quien fue mi Bully en la primaria y terminó siendo uno de mis más grandes amigos, incluso hasta el día de hoy; pero esa es otra historia), intervino y se metió entre los dos. Paró el conflicto a tiempo, pero no sabía que tanto, pues no dudaba que este chico fuera de soplón con la trabajadora social. Mi ojo se puso verde y un poco morado en algunas zonas. No había forma ocultar el golpe si me acusaban de iniciar una pelea.

Así que ahí estaba, parado frente a mi cama, mirando una carta escrita por mi mamá, que seguramente decía que al fin la había fastidiado. Al fin le había terminado de arruinar la vida.

La desdoblé con miedo y me sorprendí al ver que era todo lo contrario. Se disculpaba por su trabajo como madre, pues creía que no había hecho suficiente, y yo podía entender a la perfección que pensara algo así, pues yo era un chico muy problemático, pero la realidad era que ella había hecho más que cualquier otra mamá que yo conocía. Trabajaba y era ama de casa (un segundo empleo sin paga). Dormía apenas unas horas y se despertaba temprano para mandarnos a mi hermana, mi papá y a mí con el estómago lleno. Hacía el aseo del hogar, la comida y llevaba dinero a la casa. Nos inculcaba valores y nos enseñaba poco a poco a ser completamente independientes, y después de todo eso aún tenía la osadía de decir «perdón por no ser la mamá que necesitas». Se me hizo un nudo en la garganta y entendí lo que yo, con mi actitud, estaba haciendo en ella.

Traté de cambiar mi conducta y sé que no lo hice tan bien, pero si lo suficiente como para verla más tranquila por algún tiempo.
Hoy reflexiono en esa y muchas cartas más de personas que pasaron por mi vida y me doy cuenta de todo el bien que nos hizo toda esa tinta sobre el papel. Yo mismo he adoptado el escribir como un estilo de vida y no sabes todo el bien que me ha hecho.

Cuando pasamos por una situación que no queremos recordar o nos cuesta trabajo afrontar, terminamos reprimiendo lo sucedido y esto nos provoca un estrés y un desgaste que más adelante se puede ver reflejado en nuestra salud mental, física y espiritual. Hoy te quiero proponer algo diferente para remediar esa situación y que cualquier persona puede llevar a cabo, ya sea con pluma y papel, o hasta con una computadora que tenga cualquier editor de texto y se trata de escribir. Escribir sobre alguna situación que tenemos arraigada muy adentro puede resultar muy doloroso en principio, pero poco a poco va a tener un efecto liberador que terminará por depurar esos pensamientos reprimidos que sólo nos están lastimando. Envenenado.

En cuanto comiences a escribir podrás sentir como se liberan tus tensiones y ese algo que nos está afectando psicológicamente comienza a sanar.

Te pido que no te limites a las cosas malas como el miedo, odio, traumas y frustraciones, sino que también explores tus sentimientos felices o sueños por alcanzar.

Escribir te ayudará a pensar con calma y reflexionar más en las decisiones que estás por tomar. Te harán una persona más serena y sabia.

Algunos expertos aseguran que escribir calma la ansiedad, controla la presión arterial y fortalece el sistema inmunológico.

Cómo hacerlo:

De principio no necesitas conocer ninguna regla gramática o literaria para comenzar a escribir, sólo tener el valor de hacerlo, pues aunque parezca sencillo en algún momento vamos a sentirnos con un nudo en la garganta o llorando a rienda suelta.

Encuentra tu género, pues tal vez no te sientas tan a gusto escribiendo sobre ti en una autobiografía, tal vez te sientas mejor compartiendo lo que sientes a través de un cuento o un poema, o tal vez lo que estás buscando es propiciar un momento muy íntimo con una persona y en este caso la mejor opción sería una carta muy personal que terminarás por hacer llegar al destinatario.

Para que funcione cualquiera de las opciones anteriores, debemos de encontrar y expulsar eso que nos está molestando. Eso que nos está corroyendo como ácido la mente y el alma.

Al escribir puedes reflexionar en eso que tratas de decir y así comunicar el mensaje con mucha claridad y precisión.

Recuerda que siempre puedes editar lo que ya escribiste, ya sea para borrar palabras que consideres innecesarias o agregar algún otro pensamiento que podría mejorar la claridad del mensaje.

Conclusión:

Cualquier persona, afectada o no, por una enfermedad emocional, debería de animarse a escribir en algún momento de su vida. Tal vez una autobiografía, una carta o alguna historia fantástica en la cual poder descargar esas emociones que nos están afectando y así sanar sus conflictos, traumas y temores.

Sé honesto en todo momento pues lo que haces es un parte de un proceso delicado de sanación.

Tal vez al final termines escribiendo no una carta o un par de poemas, sino todo un libro y ese será tu mayor legado para tus hijos y la humanidad entera.