Kris DurdenLlegó con las botas batidas de cemento a medio secar y con ese peculiar aroma a minerales que sólo un hombre que se aventura con su equipo en terrenos solitarios para imponer cimientos y levantar casas o edificios con sus propias manos podía expedir. Esta vez no llegaba con las manos vacías, pero tampoco había pan en ellas, sino que traía consigo un cachorro criollo que parecía de días, pues aún no abría sus diminutos párpados para mostrar esos hermosos y ojitos de los que todos se enamorarían más tarde, no sólo por ser uno verde y otro azul, sino por la increíble capacidad de transmitir emociones con tanta claridad como si de palabras se tratase.

-¿Otro animal? –Gritó su mujer cuando lo miró cruzar el umbral de la puerta -. Si estamos por matar la última gallina porque no hay para comer y tú trayendo más bocas para alimentar ¡De veras, contigo!

Caminó indiferente a los reclamos de su mujer y se fue directo al otro cuarto, donde las niñas jugaban con muñecas hechas con calcetines viejos y a medio remendar, rellenos de pedacitos de trapo y tiritas de cartón, pero con enormes ojos de botón que permanecían estáticos mirando a la nada. Escuchó las risitas de complicidad al otro lado de la cortina y las vio tratar de esconderse, pero ya era tarde. Corrió la cortina de golpe y las sorprendidas caras de las niñas se tornaron eufóricas cuando vieron al cachorro. Esa noche cenaron caldo de frijoles, sin frijoles, pero a las niñas no les importó, porque todo lo que querían era correr a ponerle nombre al perro y seguir acariciándolo hasta quedarse dormidas.

Un año después, como si de un déjà vu se tratase, el hombre cruzó la puerta y nuevamente traía las manos ocupadas, pero no llevaba en ellas ni pan, ni perro, ahora traía un pato. Había ganado una apuesta con los muchachos de la obra en el clásico Chivas/América y se había ganado un pato, ideal para la cena de navidad para la cuál sólo faltaban 30 días.

-¿Para la cena? –Preguntó contenta y sumisa su mujer. Él asintió con la cabeza y se siguió de filo al patio en donde a penas había terminado de construir su pileta. Lo amarró de una pata a una varilla y ahí lo dejó.

A días de su muerte resultó que no era pato, sino pata, y lo descubrieron porque había puesto huevos que aseguraban no se abrirían porque la pata había tenido menos de 15 días para incubarlos y los huevos necesitaban 30 días para eclosionar.

En navidad cenaron pato. Invitaron a todos los vecinos de la privada y lo devoraron hasta los huesos, y hasta al cachorro de ojitos expresivos que ahora llamaban Pancho, le tocó.

Una de las niñas tomó algunos de los huevos y se puso a empollarlos. Todos se rieron, pero les duró poco la risa, porque esa misma noche uno de los huevos se abrió. Fue el único. El Pancho lo vio con ojos curiosos y tras un rato se acostó cerca de él. El pato no dudó y se arrastró hasta esconderse en el pelaje del Pancho. Dese esa noche de navidad se volvieron uña y mugre.

Pasado el tiempo, el pato, al que ahora llamaban Chucho, ya comenzaba a tomar actitudes raras. Cuando alguien se acercaba a la puerta este corría a graznar hasta que el intruso se iba, igual que hacía el Pancho. Cuando uno le sacudía un trapo en la cara al pato corría a galonearla, igual que hacía el Chucho. Cuando uno le extendía una jerga el pato se daba una vuelta sobre ella y se echaba a descansar. No era raro mirar al perro y al pato subidos en las escaleras que ya estaban en obra negra, vigilando la calle desde la azotea. Algunas veces también podías mirarlos acostados panza arriba para tomar el sol.

Todos morían de risa cuando veían al Pancho, recostado en la sombra, fatigado por su temible labor como guardián de la casa, siendo molestado por el pato, que no se cansaba de morderle las orejas y graznarle al oído para que se levantara a jugar con él. La mitad de las veces funcionaba y pronto los veías corriendo para espantar a las palomas que se querían comer el alimento de los pollos que recientemente habían traído e instalado en el patio, pero otras veces no lo conseguía ni pellizcándole los párpados con el pico y mejor se acostaba junto él para echar otra siesta.

Muchos años más tarde, cuando todo había prosperado, un misterio comenzó a preocupar a la familia. La comida que a veces se ponía a enfriar en la mesa comenzó a desaparecer. No podían culpar al perro, porque la comida siempre llevaba una tapadera encima o una servilleta extendida, y de haber sido el Pancho el culpable, la cazuela seguramente terminaría en el piso. Al principio regañaron a las niñas e incluso las cuestionaron por separado para que dijeran quién era la responsable. La más pequeña dijo motivada por el miedo que eran sus hermanas y éstas terminaron con una tunda bien acomodada para que no lo volvieran a hacer, pero la comida siguió desapareciendo. Después sospecharon del Nachito, el vecino regordete que frecuentemente entraba a la casa para jugar con las niñas, así que cuando llegaba no le quitaban el ojo de encima, pero la comida siguió desapareciendo. Pocos días después, aún con el misterio sin resolver, el hombre llegó temprano de trabajar, colocó sus sombrero sobre una vieja silla de madera y al mirar a la mesa encontró al pato subido en ella, congelado en su posición como si pensara que si no se movía no lo verían, llevaba un pedazo de carne de cerdo en la boca y estaba alimentando al Pancho. El hombre pegó un grito y el pato tiró la carne el piso, el Pancho no la cogió y en su lugar bajó las orejas y miró con sus ojos de diferente color al dueño en una infinita muestra de arrepentimiento. El pato regresó la mirada al traste y acomodó la servilleta en su lugar, saltó al piso graznando, cogió el pedazo de carne del suelo y salió corriendo en dirección al patio, el Pancho salió disparado atrás de él. El hombre se quedó ahí de pie, entre furioso y confundido. No sabía si enfadarse con el pato o enorgullecerse de él.

La historia la contaron por mucho tiempo en cada reunión familiar.

Muchos años después, cuando las niñas ya había salido de vacaciones decembrinas de la secundaria, y regresaban de visitar a sus tíos en Michoacán, se encontraron de vuelta en casa con un exquisito aroma a carne rondando en el aire. En el horno estaba el pato. La mamá lo había matado porque decía que se hacía viejo y pronto ya no se podría comer. Aprovechó la fiesta de navidad para hacerlo. Nuevamente invitó a todos los vecinos y todos cenaron pato, pero esta vez el perro no quiso. No comió esa noche, ni la siguiente, ni la siguiente. Era evidente que le dolía que su amigo el pato ya no estuviera. A veces tomaba agua, pero no comía nada. En su mirada bicolor sólo existía la tristeza. Al final de sus días sólo miraba al vacío y ya ni movía la cola cuando lo llamaban cariñosamente por su nombre. El perro murió de hambre, aunque yo siempre me he aferrado a que murió de tristeza.

Esta es sólo una historia de muchas otras que no se han contado sobre el amor y la lealtad de los animales. Esto pasó en la familia de mi mamá, y desde pequeño me ha dejado pensando en que los animales también sienten como nosotros, o incluso más.

 

“Quien no valora la vida no la merece.”

―Leonardo da Vinci