barquito en el puerto de ManzanilloEl Muerto tenía el dedo tenso sobre el gatillo de la 357 que hacía seis meses había encontrado en el armario de su abuelo y con la cual ya había perpetrado 12 robos. Hasta ahora no había matado a nadie, ni siquiera había disparado el arma para ver si funcionaba, pero esta vez había consumido más cocaína de la que su cuerpo podía tolerar y además de eufórico, comenzaba a estar paranoico. Al igual que todas las personas en la tienda, veía el cañón aterradoramente grande entre sus pequeñas manos huesudas, cosa que lo hacía sentirse el rey del mundo a la Leonardo DiCaprio en Titanic. El Hobbit se había saltado del otro lado del mostrador y ya comenzaba a llenar su mochila con cajetillas de cigarrillos, condones, botellas de alcohol, teléfonos celulares baratos y dinero de las cajas registradoras. Los dos empleados encargados del turno nocturno se sentían un poco intimidados por el arma del Muerto, pero la naturalidad con la que el Hobbit actuaba y las muchas experiencias similares a ésta, los hacía permanecer tranquilos. El verdadero problema era que el momento en que el Muerto y el Hobbit habían entrado a robar el minisúper, se encontraban cuatro rubias calentando unos burritos para terminar lo que ellas llamaban “el viernes de lobas”. Había pasado casi un minuto desde que el asalto comenzó y ellas apenas comenzaban a caer en cuenta de lo que estaba pasando. El muerto las miró con los ojos desorbitados que mostraban la misma o más confusión que ellas y luego el arma apunto hacia donde estaban ellas.

-¡Dije al suelo, perras!

Tres de ellas se tiraron al suelo sin pensarlo, pero la última comenzó a gritar, giró sobre sus talones e intentó salir corriendo en dirección a los refrigeradores, pero antes de que pudiera dar el primer paso de su inútil huida el Muertohabía jalado el gatillo. Nunca lo supo, pero fue un verdadero milagro que aquella vieja arma, que no había sido limpiada y aceitada en más de 30 años, se hubiera aclarado la garganta y expulsado todo el óxido en un perfecto disparo que mandaría un proyectil a perforar la parte superior derecha de la nuca de Nora y que al salir le volara la mitad izquierda del rostro, creando una caliente erupción de sangre, músculo, nervios y piel.

-¡Diablos, Muerto! –Gritó el Hobbit-. Acabas de jodernos a todos.

El Muerto estaba petrificado y no podía dejar de ver la enorme mancha que había aparecido sobre el microondas y de la cual parecían emerger pequeños grumos de materia gris.

-¿Has visto? –Dijo mientras flexionaba el codo para levantar a la altura de su rostro la humeante 357 -. ¡Demonios! Pregunté que si lo habías visto

-¡Sí, maldita sea! Ahora será mejor que nos larguemos de aquí.

Cuando corrían el Hobbit tomó el fino celular que el cadáver arrojó al suelo y a su salida ya los esperaba degustando la fría briza que el Patrulla suponía, venía desde lo alto del cerro Ehecatl.

-Escuché un disparo –Dijo con una sonrisa pacheca el Patrulla-. Imagino que llevamos prisa.

-Pisa el maldito acelerador a fondo, si no quieres que tu asqueroso y blanco trasero termine por el resto de sus días en prisión.

***

La policía llegó 20 minutos después. El oficial Marco Helado Ramírez Limón estaba tomando la declaración de las tres rubias cuando se arrepintió de haber sido el primero en llegar y pensó que hubiera sido mejor tomarse unos minutos más tratando de conseguir el teléfono de Maricela, la nueva intendente del cuartel.

 

Nora (La chica que tenía un orificio en la nuca y medio rostro diseminado por el microondas, los hot-dogs y las sopas instantáneas), resultó ser la única hija de un judicial llamado Pedro Mejía. El oficial Ramírez sabía de qué era capaz ese sujeto, pues en el cuartel todos sabían que Mejía era al hombre al que debías de llamar si querías desaparecer los daños colaterales de alguna balacera en el cumplimiento de tu deber. Ahora temía ser quien diera las malas noticias a Mejía y terminar con la nariz rota o con una bala en el muslo. Luego de que terminara de tomar la declaración de todas las personas implicadas en el homicidio, no dejaba de pasar su robusta y morena mano por la culata de su arma, con la mirada perdida y pensando que tal vez sería mejor no decirle nada a nadie, pero era imposible no decirle al comandante. Así que decidió que él no tenía que informarle a Mejía, pues no era su obligación, sino la del comandante. Mientras brindaba la atención a los peritos que recién llegaban y se disponía a darle la mala noticia al comandante, un mal presentimiento lo invadió. Se había olvidado de los teléfonos celulares de las chicas que seguramente ya habían dado la mala noticia a la familia de Nora Mejía. Miró con temor al exterior de la tienda y como si hubiera invocado una fuerza maligna, llegó derrapando un Dodge Charger blanco con vidrios polarizados y “tumbaburros”. Al frenar se envolvió en una polvareda de la cual sólo emergieron dos potentes luces. El oficial Ramírez escuchó perfectamente el sonido de las puertas al abrirse y logró ver entre el polvo una bota con textura de reptil, que no parecía ser de imitación, bajar pesada del lado del conductor. Ramírez se puso pálido sin estar enterado aún de que ya estaba muerto de miedo. Cuatro hombres armados entraron en la tienda. Todos llevaban botas, bigote tupido y gafas de aviador con moldura dorada.

-¿A qué hora planeaban notificarme? –Dijo con voz gruesa uno de ellos.

-Señor, teníamos que corroborar la identidad de la víctima –Atinó a decir Ramírez, sin saber de dónde había sacado valor para hablar.

 

Por un segundo lo miró Mejía y a pesar de las oscuras gafas de aviador, pudo sentir la furiosa mirada que le dedicó. Luego miró hacia el lugar en donde se encontraba el cuerpo de Nora, su hija, que hasta ese momento permanecía en el suelo y bocabajo.

Cuando los peritos le daban la vuelta al cuerpo, el oficial Ramírez pensó que esa era un buen momento para salir corriendo antes de que la furia de Mejía se volcara sobre él y todos los presentes, pero Mejía ni siquiera se inmutó. No hubo reacción y permaneció con la cara dura y el mentón apretado ante lo que quedaba del rostro de Nora.

 

-Por lo que sabemos, fueron tres jóvenes de complexión delgada que… -El oficial Ramírez se quedó con la palabra en la boca, pues Mejía se había dado media vuelta mientras le hacía una seña a sus acompañantes. Se subió al Charger blanco a paso firme y su gente lo imitó. Encendió el carro y se largó a la misma velocidad a la que había llegado.

Tres días más tarde, el oficial Marco Heladio Ramírez Limón fue llevado al hospital, herido de bala en ambas piernas quedando en su expediente que no le puso el seguro a su arma y accidentalmente se disparó dos veces.

***

Esa misma noche un Tsuru blanco se escabullía entre las calles más oscuras de Ecatepec y no por miedo a ser descubierto junto con su drogada tripulación, sino a consecuencia de buscar a los sujetos que cambiaran drogas por una generosa parte de su mal habido botín. El Patrulla no entendía bien qué había sucedido minutos atrás, pero tampoco le interesaba saber, él sólo se preocupaba por conducir como se conduciría un roedor en medio de la noche, sin alertar a nadie ni dejar rastro de nada. Podía ser discreto y al mismo tiempo rápido. Esa había sido su especialidad desde que comenzó a caminar. En una ocasión, cuando apenas tenía tres años, su mamá le había regalado un triciclo para pasear dentro de su apartamento ubicado en un segundo piso, ya tenía problemas para localizarlo a pie y creyó que si escuchaba el rechinido del pedaleo siempre sabría dónde estaba su pequeño bribón, pero no podía estar más equivocada. La cocina se encontraba justo en la entrada y seguida a ella estaba la sala, el aún joven patrulla la miraba con recelo desde una ubicación donde su madre no lo podía ver. Ella había abierto la puerta para dejar salir el vapor de la sopa de fideos que ya aromatizaba toda la casa. Los ojos del Patrulla se iluminaron al ver esa puerta abierta de par en par y esperó el momento en el que su madre le daba la espalda para revisar la flama de la sopa. Salió pedaleando a toda velocidad y sin hacer el menor ruido. La rebasó sin que ella se diera cuenta y luego salió volando, montado en su pequeño triciclo como todo un experto del motocross que hubiera ejecutado una pirueta que tuviera ensayada hasta el cansancio y por unos momentos sintió que había venido al mundo sólo para ese momento, después se dio cuenta de su error al no haber pensado nunca en el aterrizaje. Rodó hasta el primer descanso, donde un vecino que subía las escaleras lo interceptó y levantó con velocidad buscando a su madre. La única cicatriz que tenía en la cabeza se la había hecho aquél día, pero era una lección que jamás olvidaría y un error que no volvería a cometer.

El Hobbit se encargó de las negociaciones y consiguió más de lo que todos esperaban. Llegaron a la casa del Muerto y se repartieron toda la droga en partes iguales. El Muerto se acomodó todo sobre la mesa como dispuesto a tomarle una foto para presumirla en Facebook. El Hobbit corrió a esconder a puerta cerrada la mayor parte de su porción, después salió sólo con un poco de todo escondido en los calzones, calcetines y compartimientos secretos de su cinturón. El Patrulla cambió lo que pudo por toda la mariguana y luego se forjó un cigarro con una mano mientras pasaba la vista por todo el lugar preguntándose en casa de quién estaban ahora.

-¿Dónde estás güera? –Dijo el Muerto con el celular en la oreja una sonrisa truculenta pintada en su boca -. Hoy nos vamos a dar una fiesta que no vas a olvidar nunca. Así que traite a todas las de la 12 porque mis amigos también necesitan con quien bailar –Escuchó paciente y al finalizar la llamada dijo -. Ya les mandé pedir algo que estoy seguro les estaba haciendo falta.

El Hobbit sonrío y corrió a poner algo de música en un viejo estéreo con entrada auxiliar. El Patrulla terminó de armar su segundo cigarro frente a la pintura de un barco que parecía surcar a toda velocidad el océano. Tenía la certeza de que no estaba huyendo de la tormenta que parecía estar por todas partes, pero sin terminar de materializarse, sino deslizándose por las turbias aguas para probarse así mismo. El Patrulla había comenzado su adicción por la velocidad con un triciclo, luego fue una avalancha, también unos patines, un scooter, la patineta, la bicicleta, la motocicleta y aunque no le encantaban tanto, su fama se la debía a los automóviles, pero jamás había pensado que aún le quedaba algo por probar y nunca le había pasado por la cabeza lo que podría ser surcar el océano a toda velocidad. La idea le emocionó y una enorme e inocente sonrisa se dibujó en su rostro.

 

Una mano se posó sobre su hombro.

-¿Qué miras Patrulla?

-¿De quién es ese cuadro?

-Creo que era del abuelo. Fue lo único que mi jefe le pudo sacar a las arpías de sus hermanos cuando su viejo falleció.

-¿Me lo regalas, Muerto?

El muerto contempló el cuadro por unos segundos mientras meditaba lo que el Patrulla le pedía. Lo miró más de cerca y le vinieron recuerdos gratos de una infancia que ahora parecía no ser la suya.

-Dame dos piedras y es tuyo –Dijo el Muerto con su habitual sonrisa maliciosa.

-Hecho

El muerto regresó la mirada al cuadro y luego dijo:

-Sabes, pensaba que había un anciano en el barco, pero ahora que lo miro, no lo veo por ningún lado… Debió de ser la imaginación de un niño sin que hacer.

El patrulla no prestó más atención al comentario y siguió pensando en cuál sería la máxima velocidad que podría alcanzar ese enorme monstruo de madera. Desmontó el cuadro del muro y se lo llevó a colgar en un muro de la sala, desde donde lo podría ver mientras se fumaba un cigarro de la felicidad.

***

Mejía no tardó ni dos horas en saber quiénes habían sido los mal nacidos que habían robado el minisúper y matado a Nora, mejor conocida como la Loba Mayor. Ya era difícil ocultarle información a un botudo de metro ochenta y cinco, y la cosa se complicaba cuando te apuntaba a la cabeza con un arma más grande que tu brazo. Se corrió la voz muy pronto de que tres chamacos habían estado visitando a todos los dealers para cambiar botellas de alcohol, cajetillas de cigarros, teléfonos celulares baratos y más alcohol, por cualquier tipo de droga ilegal. Estaban celebrando su primer homicidio y según la implícita ley del barrio, con esto se graduaban para dejar de ser taloneados y comenzar a talonear.

 

En la casa del Cavernario encontró el teléfono celular de su hija, que había sido cambiado por 10 piedras y dos bolsas grandes de marihuana. Después de esa noche, no se vio de nuevo al cavernario por ese o cualquier otro barrio. Para cuando interrogó al último de los dealers ya sabía en dónde estaban, cuánta droga tenían, que armas portaban (sólo la 357 del abuelo del Muerto) y con cuántas mujeres pretendían fornicar.

Al llegar a la residencia del Muerto, miró a tres de las chicas saliendo a comprar más refrescos  para el Martell y el Hennessy que aún quedaba.

-¡Hey, chamaca! No le cierres que voy a entrar.

Las chicas se miraron desconcertadas y salieron corriendo sabiendo sólo que no debían volver ahí y que el dinero de los refrescos ahora era todo suyo.

***

El Muerto y el Hobbit  compartían los mismos gustos y ambos querían poseer a la chaparrita metalera que se limitaba a mirar con sus ojos grandes, pero que no miraba con deseo o simpatía a ninguno de los dos, sin embargo, le parecía muy interesante el chico que no dejaba de mirar el cuadro del barco con una enorme sonrisa.

-¿Qué tanto le miras a ese cuadro?

-Descubrí que se llama barquito en el puerto de Manzanillo, lo dice al reverso.

Ella le dedicó una mirada curiosa y una sonrisa amable.

-No lo vas a creer, pero creo que se mueve. A veces, cuando lo miro por mucho tiempo, siento que el agua comienza a moverse y si esa sensación permanece el tiempo suficiente… –El Patrulla se sonrojó un poco, pero continuó -. Bueno, creo que puedo sentir la briza del mar.

 

Esperó a que la chica se burlara de él, pero ella no lo hizo. Una voz de mujer llamó al otro lado de la habitación.

-¡Nena, vamos por unos refrescos!

Ella miró al Patrulla y se despidió con una sonrisa. El Patrulla la miró alejarse y de reojo miró que el barco se movía a toda velocidad hacia él. Regresó rápidamente la vista al cuadro y vio con claridad que el agua se movía y el barco se mecía con tenacidad sobre las olas. El Patrulla abrió muy grandes los ojos y regresó la mirada a la puerta para buscar que alguien más corroborara lo que él estaba mirando, pero ya no había puerta, ni sala, ni música ni casa. Sólo el enorme océano tan infinito como el cielo. Miró a sus pies y se dio cuenta de que ahora estaba sobre el barco. Se sintió muy desorientado y por un momento casi vuelve el estómago, pero se logró contener. Sin duda estaba en alta mar y sin importar cuanto se negara a creerlo, no iba a volver a tierra firme pensando así.

***

Mejía entró primero sosteniendo entre sus manos una escopeta recortada y tras él, entraron otros tres hombres luciendo sus AK-47, mejor conocidas como cuernos de chivo. Al primero que agarraron fue al Hobbit que en ese momento se encontraba cerca de la puerta tratando de reproducirse con una de las chicas más parecida a la chaparrita metalera que lo había bateado y para ser sincero, con esta estaba teniendo mucho éxito. Lo tomaron por el cuello y lo sacaron sometido por los brazos y el cinturón. El Hobbit estaba desconcertado y tenía una vaga idea de que los someterían, les quitarían la droga y los dejarían ir. El Patrulla fue el siguiente. Se encontraba ensimismado, mirando hacia el muro con la boca abierta y la mirada perdida. No opuso nada de resistencia, pero los judiciales no dudaron en meterle tres puñetazos en las costillas y un jalón de greñas con el cual lo sacaron de la casa. El Muerto opuso más resistencia y aprovechó los gritos de las mujeres y su corredera para salir en busca del arma. Se metió en la primera habitación que pudo y con el corazón a punto de salírsele del pecho comenzó a hacer memoria de dónde podía estar la 357. Se tiró en una esquina de la oscura habitación, pero algo evitó que sus nalgas hicieran contacto de lleno con el piso. Se movió incómodo y se palpó el área para darse cuenta de que ahí estaba la 357, nunca se la había sacado del pantalón. Sacó el arma y se la puso a la altura de la cabeza, con el cañón apuntando al techo e imaginando que tal vez se veía como Antonio banderas en la película de Asesinos con Silvester Stalone.

 

La puerta se abrió y una enorme silueta apareció en el marco. El Muerto levantó el cañón del arma y apuntó a la silueta de Mejía. Este miró directo a los apenas iluminados ojos del muerto y se dio cuenta de su error, error que le podría haber costado la vida, de no ser porque la 357 se atascó y no volvió a disparar nunca más.

Mejía corrió hacia la esquina y se acabó sus botas de cinco mil pesos en los dientes del Muerto. Lo sacó de la habitación chimuelo y llorando.

***

El Patrulla rondaba el barco con curiosidad y creía que en cualquier momento aparecería alguien que le explicaría qué era lo que estaba pasando, pero eso no sucedió. Cuando llegó al puesto del capitán, miró un sombrero sobre el timón y entendió lo que pasaba. Jamás se iba a ir de ese lugar, pero a cambio tendría la oportunidad de surcar los siete mares desde ahí. Se puso el sombrero y empuñó el timón. Sintió todo el poder y toda la velocidad que ese barco era capaz de alcanzar. Miró al horizonte y descubrió que una tormenta se acercaba. Sonrió y luego se encaminó hacia ella. No para huir de su pasado, sino para probarse así mismo.

***

Mejía los hincó cerca de una canal de aguas negras y no se tentó el corazón para quitarles la vida con un tiro de gracia. Primero fue el Hobbit, después el Patrulla que pareció en todo momento perdido y babeando. Cuando llegó al Muerto, éste ya se había ensuciado los pantalones, no paraba de llorar y ocasionalmente fingía un ataque de epilepsia. Mejía sabía que él había matado a su hija. Le disparó en la columna, le desató los brazos y luego lo rodó al canal. Tuvo el peor final.

Mejía y sus hombres se fueron del canal que a tantos de sus enemigos había engullido.

***

El cuadro del Barquito en el puerto de Manzanillo apareció 20 años más tarde, en un consultorio dental de la delegación Miguel Hidalgo. La gente a veces se sentaba y lo miraba pensando en qué hacía un hombre tan sólo tripulando un barco tan grande en medio del mar. Luego regresaban meses más tarde jurando que ese cuadro tenía a una persona tripulando solo un enorme barco, pero no lo podían asegurar. A veces estaba en la cubierta y a veces no. A veces tenía una mirada nostálgica y otras veces una enorme sonrisa que se podía ver a leguas de distancia.

Por: Kris Durden

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