-Cuando sabes lo que yo sé, no puedes darte el lujo de dormir con los dos ojos cerrados -Palabras que solía decir el indigente conocido como Juan “el conspiraciones” cada que alguien le preguntaba el por qué, de ese horrible gesto al dormir.Podía pasar horas compartiendo valiosa información para no ser víctima de un secuestro por los hombres del 8 horizontal. Además de que algunas de sus historias de escape rayaban mucho en la realidad, pero tras unas horas de lo mismo, hasta el más paciente de sus compañeros terminaba por perder el interés.
Esa noche había notado que Margarita, la encargada del lugar, después de recibir una llamada a su teléfono móvil, había adelantado su ritual de comer un pan de dulce y una taza de café, 15 minutos. Luego desapareció por otros quince minutos y después regresó para continuar con su labor en el albergue. Al poco tiempo todos se fueron a dormir.
Juan había tardado un poco más en dormir, preguntándose quién había llamado a Margarita y había osado perturbar su indispensable rutina, pero Morfeo era un tipo duro y no tardó en hacerse presente.
Mientras dormía, cerca de las 3am, había escuchado una serie de sonidos que no lograron despertarlo, pero que se filtraron como una pequeña semilla en su mente y que terminaría de germinar cuando se despertara antes que todos y viera que el sujeto del catre 16 no estaba.
No llamó la atención con una escena de esquizofrenia, pero si comenzó a hacer preguntas acerca del sujeto de la cama 16. A nadie le interesó que la siguiente noche no volviera y uno de todos los sujetos que llegaban tarde y no alcanzaban lugar, lo remplazó.
La siguiente noche Margarita llegó 15 minutos tarde a su turno y eso volvió a sacar de balance la rutina. Según Juan, todo era un desastre, el de la cama 16 ya no estaba y Margarita estaba apenas repartiendo las cobijas.
Esa noche Juan durmió, y eso ya era bastante; su ayuda a restablecer el orden y tener un panquecito del papel rojo en la panza, hicieron que la magia de Morfeo se manifestara en un acto épico.
Margarita soltó una risa dulce.
En un movimiento rápido, ya se encontraba sobre Margarita, gritándole como un mono rabioso sobre la oreja izquierda. Su mandíbula apretada no dejaba que ninguna de las 43 palabras que dijo se entendieran y antes de que la cosa se pusiera peor ya estaban sobre él dos oficiales gordos, morenos y fatigados propinándole una golpiza digna de atentar contra los derechos humanos.
Margarita sabía que por muy aterrador que hubiera parecido el momento, Juan no le había hecho daño. Solo tenía el cabello anudado y nada más.
Una sucia bota de casquillo impactó en la boca de Juan y uno de sus incisivos estuvo a punto de salir volando. Esa acción fue suficiente para sacar a Margarita de su ensimismamiento y detuvo a los oficiales.
Juan ya hacía en el piso en posición fetal. Estaban a punto de llevarlo por los brazos a la patrulla, pero Margarita intervino.
Cuando llegó al albergue de la colonia centro una mordida a la oreja del enfermero más sádico, Michelle Torres, le valió dos jeringas muy grandes repletas de calmantes y antipsicóticos.
Las siguientes horas transcurrieron en un caos sensorial y casi dimensional, los colores parecían sabores y las luces, a ratos, notas musicales. El mundo se deformaba y reconstruía frente a él y no tenía idea de cuánto tiempo había pasado.
Lo que para cualquier persona sobria, habían sido 14 horas, para Juan “el conspiraciones”, habían parecido 14 meses.
El infierno comenzaba a pasar del país de las maravillas al hangar 18.
Al otro lado no había cámaras o guardias de seguridad, sólo un monótono pasillo con una cantidad absurda de puertas. Ninguna estaba numerada o marcada. Tampoco se veía el trillado señalamiento con la flecha y la leyenda “salida de emergencia”.
Decidió instintivamente caminar hacia la derecha y caminar hasta el final, pero descubrió, después de doblar 5 veces hacia la derecha, que no había dicho final.
Pensó que tal vez seguía bajo los efectos de las drogas y que debía de caminar un poco más, pero antes de que pudiera dar otro sigiloso paso, comenzó a escuchar un par de voces aproximarse por una de las puertas. No lo pensó y abrió la puerta que tenía más cerca y desapareció tras ella.
La habitación estaba oscura. Entró con cuidado de no hacer ni el menor ruido. Esperó a que sus ojos se acostumbraran a la espesa oscuridad y antes de que sucediera notó que un par de ojos lo miraban. Estaban ahí, flotando en la nada. Ligeramente brillantes e inexpresivos.
El pulso de Juan se aceleró y estuvo a punto de salir corriendo, pero las voces que había escuchado antes ahora eran muy claras. Había dos personas caminado al otro lado de la puerta, por el pasillo. Sin duda, no era opción regresar por donde había venido, pero tampoco podía quedarse parado justo frente a la puerta. Pegó la espalda contra la pared y dobló las rodillas. Prestó atención a lo que las personas de afuera decían, pero ya no las escuchó. La angustia de pensar que tal vez seguía alucinando comenzaba a invadirlo. Intranquilo, comenzó a deslizarse por la pared. Como huyendo de lo que pudiera entrar por esa puerta y también de quien sea que lo estuviera mirando desde lo más oscuro de la habitación, pero en el momento más crítico de sus posibles alucinaciones su espalda se topó con un apagador y la luz se hizo en una habitación de vidrio muy grueso justo frente a él. Sintió la sangre congelársele en las venas.
Miró hacia el muro y se percató de que había más apagadores, todos eran digitales, muy parecidos a los vúmetros de una consola de audio. Sin importar el riesgo y ahora motivado por la curiosidad y la adrenalina que le había provocado el miedo, se decidió a encender otra luz. Al pasar la mano por encima de las diminutas luces verdes, la habitación continua se iluminó. Había una plancha de acero cóncava y sobre ella estaba un hombre completamente desnudo. Se acercó con los pasos más sigilosos que en su paranoica vida había dado. Al tiempo que empañó el vidrio con su aliento y vio con horror que ese hombre era el sujeto del catre 16. 16 abrió los ojos grandes al reconocer la cara de Juan “el conspiraciones”, pero no tuvo oportunidad de siquiera señalarle con la mirada la posible salida de aquella prisión de vidrio cuando un líquido blanco comenzó a caer con mucha presión sobre el cuerpo desnutrido, pero vientrudo de 16. Su boca se abrió en un gesto de horror que debía de estar acompañado de un grito desgarrador, pero desde fuera de la habitación no se escuchó nada.
Juan retrocedió, pero no dejó de mirar a la habitación. Del líquido blanco, ahora pintado con tonos rojizos, comenzaron a brotar trozos de 16. Dedos, una pierna, un ojo. La situación apenas duró unos segundos, pero al terminar de caer el líquido, ya sólo quedaba una masa viscosa y llena de esfínteres, retorciéndose en la cóncava plancha de acero.
El miedo fue lo que hizo despertar a Juan y sin apagar las luces salió a toda prisa de la habitación. No tuvo que intentarlo dos veces, por instinto y suerte, dio con la puerta que conducía a las escaleras.
Sería la combinación de la adrenalina con las drogas, pero el siguiente momento en el que Juan tuvo consciencia fue al estar caminando frente al museo de la luz, por la calle de San Idelfonso. Ya llevaba puesto un cálido y oloroso abrigo gris. En una de sus manos sostenía un pedazo de papel y la otra la tenía sosteniendo un bolígrafo dentro de uno de los bolsillos del abrigo. El no saber cómo había llegado hasta ese punto le erizaba la piel. Al mirar lo que llevaba en las manos comprendió perfectamente lo que tenía que hacer. Redactó como pudo una especie de carta anónima a la CNDH con la esperanza de que alguien que no estuviera implicado la leyera, pero la carta no tenía más veracidad que un relato de ciencia ficción de Ray Bradbury. Resultaba muy entretenido, pero era tan increíble terminó publicado en internet bajo la palabra creepypasta.
Después de haber depositado la carta en uno de esos raros buzones rojos, Juan aún no sentía que la tarea estuviera terminada. La única persona en la que podía confiar para la tarea que se proponía era Margarita. Cuando la encontró, a diez minutos que comenzara su turno y a dos cuadras del albergue, a Margarita se le secó la boca y pareció empalidecer.
Margarita, que se había limitado a escuchar, incluso durante los detalles más surrealistas, le pidió que no regresara al albergue, sino que la acompañara. Juan no pudo evitar pensar que margarita no le había creído y en realidad no esperaba menos. Su mirada se ensombreció, se encogió de hombros, pegó la barbilla con el pecho y metió las manos en las bolsas.
Lo último que Juan “el conspiraciones” vio y sintió fue un espeso chorro de líquido blanco que lo baña por completo y lo disuelve con efervescencia.
Por: Kris Durden
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